14 jun. 2009

Ícaro - por Yosh González

De nuevo volaste muy cerca del Sol. Una vez más batiste tus alas con tal fuerza que pasaste de largo y ya no llegaste a donde querías llegar. Viste la Gloria de cerca, mas no la pudiste tocar. Aquélla cuyo nombre en náhuatl significa "nuestra" no va a ser tuya jamás.

Ahora caes, desolado. El aire te golpea con una fuerza igual a la de la desilusión que te laceró. La gravedad se mimetiza con la realidad... te absorbe, te ahoga, te inunda y te recuerda lo patéticamente débil que eres. No debes ser feliz, Ícaro. Deambula por los Infiernos de tu miseria. Si te encuentras con Dante en el mítico Averno, dile que pierde el tiempo; Beatrice no siente la más mínima necesidad de verlo. Insulta a Virgilio por maldito, ¡cómo se atreve a mostrarle al hombre la fe, esperanza y felicidad que nunca, jamás va a alcanzar! Satanás miserable, ¿por qué pones ante mí un camino que no puedo transitar? ¡Dejadme en la penumbra de mi angustia!

Ah, pelirroja tentación que rechaza tu proceder. En sus brazos eternamente cruzados está la cruel sentencia: "jamás vas a atravesar". Hoyuelos en las mejillas de sonrisas que nunca vas a probar. Miradas desconfiadas que no podrás calmar. Frágil mujer delgada que no quiere en tu cuerpo refugiarse. ¡Oh, desilusión! ¡Oh, trágico destino! No fuiste nunca lo que creíste ser. No pisarás jamás el sitio en el que quieres estar. Ella te alejará cada vez más, compungido Ícaro. No te quiere cerca de sus aposentos, no quiere dibujar tu nombre con su boca, no quiere saber de ti, no quiere... Ícaro, Ícaro, Ícaro... retírate con tu escasa dignidad y no te acerques al Sol nunca jamás.

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