29 sept. 2009

La terapia.

Ahí estaba yo, prefiriendo no pensar en lo sucedido. Me decía mi terapeuta que no era bueno vivir en los recuerdos, al fin y al cabo ya habían pasado, qué estupidez, pagar trescientos pesos por un discurso del todo absurdo. Hubiera preferido conceptos filosóficos incomprensibles a mi mente imprudente para justificar los actos perjudiciales con la cotidiana ignorancia, pero no fue así, y no obstante, tuve que contar todo, claro, sin lujo de detalle requerido, pues el tiempo es oro, por lo menos para el freudiano.Quise comenzar con el “erase una vez” a lo que él inmediatamente reprendió sobre mi persona comentando que aquello no debía iniciar de tal forma porque se estaba dando tinte narrativo tipo cuento de hadas a la situación. Lo que no comprendió el muy subjetivo era que me refería a que erase una vez, tan sólo una sola vez que me encontraba en tal situación. Yo, un típico estudiante de filología que por mero gusto traía en su mano un libro de Jorge Ibargüengoitia cuyo título pasó al olvido al presenciar la escena. Dama, tez blanca, ojos calmos antípodas de mar muerto y gatos analistas, labios indescriptibles de formas neogeometricas, cuerpo de perfección no contemporánea pero si digna del mismo Rodín. Entró a la biblioteca haciendo a su perfume seductor protagonista del momento. Mis pasos para con Beatriz, la bibliotecaria se contuvieron para admirar el paso firme y concreto de la dama que después y sólo después supe que se llamaba… -Alto, disculpe que lo interrumpa, pero está desviando su relato. Comentó el terapeuta que había cortado de tajo el momento más inspirador. Me detuve un segundo para meditar cómo contar semejante situación que para ese entonces ya había llenado mi pecho de un tremendo suspiro.-Cuénteme el acto, lo que pasó-. Dijo el terapeuta. Yo me di cuenta en ese instante que el tipo, (y le digo de tal forma porque con dicho morbo tropezó del escalón en el que lo tenía y le causó bajar de rango en mi escala de respeto) quería saber el preciso instante, el clímax, lo primordial, lo que en la entrevista inicial había comentado como mi problema. Realmente no me había dado cuenta de la impresión que causaba dicha cosa en los demás, y sólo hasta ver su cara de lujuria comprendí lo afortunado o enfermo que había sido. Aun así, aunque lo intenté, no pude resumir la historia como él tanto lo deseo.Se dirigió hacía la sección de geografía, se perdió entre las enciclopedias geográficas y los libros insípidos, que al tenerle entre su atmosfera seguro cobraron vida. La seguí ante la mirada reprobatoria de Beatriz, la que a la distancia seguramente auguraba mi presencia y la que pudo ser alguna invitación, pero el destino, o más bien aquella dama boicoteó el orden cósmico de la razón.Aquello era una excepción, un milagro, somenthing hard to believe, porque incluso para mí, el momento no representaba ni siquiera una posibilidad. –Míreme. Le dije fuertemente, a lo que le continuó una anotación en el papel prejuicioso que jamás dejó de acusarme de loco. -Soy como ellos, quieto, por lo regular oscuro, para nadie represento algo, pasan entre mí como si fuera, pero no soy, me acarician como lo hacen con ellos, pero me dejan al pensar que no hay nada interesante en mí, y me abandono, me creo la miseria de ser tan esplendido, porque lo soy, lo soy en verdad, qué acaso no lo es Iván Ilich, qué acaso no lo es Víctor Hugo, Virginia Woolf, Wilde… lo son; sin embargo están como yo, abandonados en los rincones de aquel cementerio conocido con un mejor nombre que no cause daños al prestigio de los genios, por esto que le acabo de decir le pido que no me juzgue, sino que entienda.Yo no existía, y sí no hacía algo en aquel momento hubiera seguido siendo un fantasma aquejador de mi absurda vida. Que Dios me perdone, pero solté a Ibargüengoitia, caminé deprisa, me postré entre esas dos columnas de libros y usurpé el lugar de una puerta. Ahí estaba ella, sorpresivamente mirándome, haciendo con el dedo la trillada seña seductora del come on baby. No sé cómo, pero de pronto, me convertí en un hombre, di dos pasos firmes que seguro resonaron en el lugar, pasos que cimentaron el origen de mi hombría, de mi existencia.Lo demás, no pude contárselo. Una pausa, tan largar que tuvo que intervenir.-Siga, siga por favor. El Dr. Padilla ya no pedía, exigía, imploraba que continuará con la historia, pensé que en algún momento éste me golpearía o me ofrecería dinero por saber el desenlace, pero no, por más que hubiese querido no podría haberlo hecho. Me paré, vi el reloj, nos habíamos pasado diez minutos más de la cuenta, hurgué en mi pantalón sacando el dinero requerido, tomé mi saco y abrí la puerta. –Espere por favor, se lo pido, dígame qué pasó. Escuché de quien ya no era un terapeuta sino un público curioso. –No puedo contárselo, no podría por más que quisiera, en realidad no puedo.Me fui como un maldito traidor, lo sé, pero mi alma se sentía tranquila y enviaba mensajes de prudencia a mis ideas, pues cómo dar fin a algo que no sucedió, cómo darme cuenta de mi patetismo.Los pasos fueron borrándose con el aire del día, mi bolsillo quedó vació, yo me quedé loco, y mi terapeuta intrigado piensa, que la próxima sesión llegará pronto.

24 sept. 2009

Oda al artista

Nos llaman vividores, a veces nos creen locos. Casi nunca nos comprenden y en ocasiones nos discriminan. Sin embargo, con el pasar del tiempo me queda cada vez más claro que el motivo de su desprecio es que reconocen nuestra superioridad innata. Decía Vicente Huidobro que el poeta es un pequeño Dios y no estaba equivocado… somos creadores; entes supremos de infinita habilidad para retar al mundo, a la historia, al futuro, a la vida misma. Somos dueños del mañana, del ayer, del ahora. Somos los vectores del movimiento universal, el hilo conductor que maneja los infinitos caminos por los que ha de caminar la humanidad. ¡Somos artistas y ya con ese simple adjetivo merecemos su entera admiración!

¿Qué dices? ¿Qué la ciencia es la responsable del progreso? ¡Calla la boca obscena que malpare estupideces! Mientras el hombre de ciencia trata de comprender su entorno, las sombras ancestrales de los dioses creativos somos atrevidos, intrépidos, mejores… jugamos a crear un mundo nuevo, un universo nuevo, una existencia nueva, un universo nuestro, sólo nuestro en el que ustedes, viles mortales, se ven obligados a deambular por mandato divino; es decir, nuestro mandato. ¿Leyes de la Física? Nosotros no sabemos de límites. Hacemos nuestras propias leyes simple y sencillamente porque podemos hacerlas. Leyes que nos permitan cumplir la meta empírica que queremos. ¡Ah! Porque ya te abras dado cuenta que los artistas no sueñan, no anhelan, no desean. Nosotros queremos y, mejor aún, obtenemos lo que queremos. ¿Por qué? Pues porque somos artistas.

Músicos, escritores, pintores, escultores, fotógrafos… Cualquiera tenemos el Cielo asegurado. Jamás debemos esforzarnos por ser grandiosos, lo somos desde el primer respiro. ¿Ejemplos me suplicas? (tú jamás podrás pedirme, menos aún exigirme. Sólo suplicas mi atención) Tengo de sobra para restregarte. ¿Abogas por la clasificación de especies? Qué patética existencia. El buen músico es capaz de comunicarse con todas y cada una de las criaturas que habitan este mundo. ¿No comprendes lo que digo? No me sorprende, para serte franco (yo siempre soy franco). Entiende, los músicos son capaces de tocar las almas de aquellos seres que ellos y solamente ellos son capaces de otorgarle vida: los instrumentos musicales.

¿No te son suficientes? ¿Aún anhelas que te salpique un poco de mi superioridad? Lo haré sólo porque me das lástima. ¿Has notado cuán triste es tu visión? Ves las cosas como Dios quiso hacértelas ver… y eso es deprimente. Así amenaces de muerte al pintor, el cielo que tú miras azul “gracias” a tu nula creatividad él puede transmutarlo en rojos sangrantes, violetas hipnóticos, verdes tranquilizantes.
Nos importa un carajo tu léxico de intelectual iletrado, los escritores creamos palabras por el mero placer de hacerles saber aquellas cosas que tú optas por callar. Si el padre de nuestra chica nos molesta, en un verso le podemos arrancar la vida. Si una mujer arrogante (¿más que yo? Difícil) se niega a amarnos, podemos hacerla nuestra con una sola palabra.

¿Se dan cuenta ahora? El artista no se pregunta banalidades, inventa respuestas que le convienen. Al creador de obras no le aterra el abismo, sabe cómo cruzarlo volando. La sangre del artista es un remedio ante cualquier malestar… lástima que el artista jamás sangra. No pueden herirnos ni humillarnos.

¿Alcohólicos, drogadictos, mujeriegos, abusadores, herejes? ¡Bah! Seguimos siendo artistas y nos juzgarán sólo por la grandeza de nuestro trabajo. Nos valoran, nos aman y admiran por algo tan fácil para nosotros como balbucear usando las manos, el corazón, la mente. Y al morir su cuerpo será alimento para gusanos (ésa es la etimología de la palabra “cadáver”, ¿sabías? Supongo que no). El nuestro, en cambio, jamás se pudre, queda resguardado en diversos templos casi sacros: la guitarra que empuñamos, la pluma con que redactamos, el pincel con que dibujamos… En cuanto al alma, ¡ja! Ustedes aspiran con ir al cielo a ser recompensados y temen un castigo en el infierno; los artistas nos volvemos omnipresentes: miras un cuadro y ahí estamos. Lees un libro y aparecemos. Oyes una sonata y nos invocas…

Es por esto y más que los artistas somos entes superiores. Y con el hartazgo que ahora siento en el ambiente no queda más que confirmado todo lo que he mencionado.

MUJER PARTITURA

Me duele decirte:
que me dueles
como duelen las muelas molares
o como duelen
los cielos nublados
-mordisqueados-
o las aves muertas de vuelo.

Me duele confesar
viento perro
que de ti no hay nada
que me atraviesas inexistente
inexorable
hueco vuelco
del alma
vuelco terco
de mi cuerpo,
soy para ti una coladera sin ratas.
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Juro ante el vómito del silencio
una parvada insaciable de medusas
un enjambre de lunas
de una mujer que he extrañado
-mujer partitura-
que tilda
nada que de tus piernas de cemento
ni tus pies de queso
han desmayado mis acentos
por reencarnarte
y no perderme entre tus huesos.

Ricardo Arce

21 sept. 2009

Princesa con p de pereza.

Princesa con p de pereza.
Ser la madre de todo los vicios me quito la entrada al paraíso y siete veces yo fui tu perdición.

Con pereza respira el medio día brumoso,
Corre el rio con pereza
Entre el azul ardiente y puro;
Las nubes se derriten con pereza.

Y toda la naturaleza, como niebla,
En tibia modorra te golpea,
Y soy yo ahora como Pan glorioso
En la cueva de las ninfas tranquilo, reposado.
Fiódor Tiúchev.



María era una princesa con “p” de puta de pijama y de pincel, sólo sabía hacer eso, ponerle color al mundo, tener las nalgas bien puestas y disfrazarse de una buena siesta.

- María esos bostezos no van. Doce del día, ¿pues qué te crees mujer?

A María le parecía que aquellas boqueadas eran como las campanadas a misa, avisaban la entrada a la puerta del cielo, la entrada a los divinos zzzzzzzzzzueños.
El camino ideal para escapar de las pesadillas de la vida.

- María, te has puesto como ese kilo de almohadas que coleccionas en tu habitación. Si como duermes caminaras no me molestaría verte la acolchonada lonja.

María odiaba que su madre llegara a sacarla de la rutina, lo único que sabía hacer era convertir sus almohadas en piedras, oxidar las sabanas que eran tan suaves como los suspiros y sacudir los sueños que iban cobrando vida en el edredón.
¿Quién necesitaba tender la cama tan temprano, si la idea era salir de la ducha y volverse a tumbar?

- María…, María…, María… ¡no puede ser! De nuevo te quedaste dormida. Olvídalo, nena, yo así no puedo; competir con ese sujeto es imposible…

El sexo era importante siempre y cuando causara el cansancio necesario para tirarse una pestañita de campeonato. Agitar el corazón, profanar las pantorrillas y darle valor a los gemiditos solo valían la pena si el susodicho en turno era capaz de compartir a María con ese tal Morfeo.

- ¡María! Esas malditas lagañas. ¡Límpiate la baba! No puede ser, María. ¿Qué haces en estas cuatro paredes y ese jodido colchón? ¡Sal a que te dé el sol!

Si no hay evidencia no es verdad - así decía María. La saliva y sus lagañas solo eran los testigos de su irremediable crimen: SOÑAAAAAAAAAAAAAAR

María con i de irreverencia y a de acolchonada, se había ganado el apodo de zombi y ella deducía que no se trataba de nada tan banal como los bostezos que le sobraban, sabía perfectamente que era porque sus pesadillas no se alojaban en su cama si no en su realidad.
-Las parejas que se aman despiertas acaban por odiarse plantándose besos, los amores que uno descubre dormida terminan por desearse en una siesta y sus brazos se entrelazan con el alba.
¿O acaso ustedes no han visto como duermen las parejas que se aman, como amanecen y como mueren?

La princesas de verdad no viven en castillos, no las despiertan los príncipes, no tiran su cabellera desde altas torres ni mucho menos tiene su “felices por siempre”; las princesas de verdad son como María, llevan su P de precoces; su i de imperfectas de inusuales y hasta de intrusas.
Se esconden en las ciudades grandes esperando poder robar todas las imágenes posibles para después acomodarlas a su antojo en los sueños con ayuda de su alcahuete, el Sr. Inconsciente; asechan a sus príncipes esperando en los más profundo de sus corazones que estos llenen sus sueños y si no fuese así siempre estará Morfeo para complacerlas en el fondo de las sabanas.

Las princesas como María saben que para ser de la realeza uno siempre debe de cargar con su P de pereza en el bolsillo, aguardando el momento perfecto para poder usarla.

18 sept. 2009

La virtúd del Pecador