1 jun. 2009

Esther. Por Jaime Garba

Cruzas la entrepierna mientras giras violentamente soltando el cigarrillo a medio consumir, sabes que no creo en los estereotipos, los detesto. Tratas de amortiguar el disgusto con una sonrisa. Te observo detenidamente, me gustas, tu barba tiene tintes orientales, no necesita de tantos vellos para llenar tus mejillas, tus labios apenas se alcanzan a ver, me pregunto si la misma no es por esteticidad, ¿será una mascara?, ¿qué intentas ocultar?, sé que me estoy adelantando, tal vez a la dirección equivocada, pero deberías saber que soy así, impulsiva. Me miras, seguro también te preguntas que veo en ti, con la diferencia de que no eres el protagonista de mi mente, no puede narrarte, no lo desea, prefiere dejarte en la interpretación. Me pregunto qué harías si me alejara de ti, si te dieran la espalda los estereotipos que tanto aborrezco. ¿Irías detrás de mí, ¿me tomarías del hombro?, ¿me dirías que me amas?.
Aquí estoy, estamos, en el mismo lugar, con los mismos escasos movimientos, el cigarrillo se sigue consumiendo casi hasta el final, el aroma me parece absurdo para una situación como ésta. ¿Romántico?, para nada, esto no es en lo absoluto romántico, pero lo disfruto, lo disfrutas; sigo interpretando tus pensamientos. Abres las piernas, tus partes intimas merecen un respiro, igual me sigues gustando, parece que tu barba sigue creciendo a cada segundo, luce como si en tan sólo algunos momentos cubriera todo tu rostro.
El cigarrillo muere, dejas de sonreír, te levantas, giras lentamente, pasan dos, tres, cuatro segundos, mi pierna derecha se abalanza unos centímetros, la sigue la otra, así hasta alcanzarte, soy una hipócrita, te tomo del hombro, te ato a mis brazos con fuerza, te beso, me besas, nos vamos, los estereotipos se quedan, el cigarrillo ya está en el cielo, se dice algo, se escucha...adiós.

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