14 jun. 2009

El verdadero templo del saber - por Yosh González

“Me oculté en los bares porque no quise ocultarme en las fábricas". La anterior frase del mítico escritor norteamericano Charles Bukowski puede parecerle cínica a los puristas amargados; sin embargo, para quienes disfrutamos de las ideas políticamente incorrectas, la declaración del "viejo indecente" nos muestra una verdad irrefutable: los bares son pequeños oasis salvadores en medio del insufrible desierto ideológico de la "zoociedad" (Mafalda dixit).

Injustamente desacreditados, menospreciados, denigrados, los pubs siempre han sido calificados como "lugares de perdición", cuando, irónicamente, es dentro de sus paredes donde uno puede encontrarse a sí mismo, retomar el camino, hallar el Santo Grial, el Aleph con el que Borges tanto soñaba.

Pensemos en los parroquianos de estos establecimientos, quienes hacen del recinto su segundo hogar. Alguna vez una amiga me llamo "loco" cuando le comenté mi profunda admiración hacia personas que, para otros, son sólo asquerosos fracasados. Jugadores, ladrones, dementes, distímicos, junkies, prostitutas, suicidas, misántropos, traficantes, entre otros seres casi mitológicos, se han vuelto dueños de mi más sincero respeto, pues todos ellos gozan de una completa libertad, al menos intelectual. Es ahí donde radica la magia de los bares, en el hecho de ser el lugar donde las criaturas lovecraftianas encuentran el hábitat idóneo para expandir su espíritu indomable al infinito, mientras el resto de la población se ahoga en sus problemas, complejos, deseos reprimidos, sueños frustrados. Los que jamás pisan una taberna suelen ver a esos bohemios trasnochados como troles portadores de un virus mortal. Aquéllos autoproclamados "ejemplos por seguir" no son capaces de notarlo, pero las "buenas costumbres" de las que tanto presumen, así como su hipócrita doble moral, son el verdadero cáncer de una sociedad agonizante. El mundo moderno se rige por leyes inhumanas, crueles, egoístas, opuestas a las enseñanzas procedentes del universo de los ambigús de la vida. Los clientes de un bar son más cercanos a la naturaleza humana; son seres capaces de demostrar el más puro y sincero afecto; no escatiman en sentimientos, su generosidad es innata; gozan de una libertad absoluta; son capaces de admirar la belleza en cualquier situación, persona, objeto... Ellos no le tienen miedo a lo nuevo, a lo distinto, a lo desconocido; disfrutan de la vida sin reprimirse ante cánones inútiles e inservibles.

El arquitecto de origen rumano Dan S. Hanganu dijo en una entrevista: "la escuela es el templo del saber". Además de ser un lugar común, una frase gastada y un aforismo horriblemente cursi, esa afirmación es errónea. El verdadero "templo del saber" es, sin lugar a dudas, el bar. Sólo en sus entrañas se tienen las experiencias más reveladoras del mundo. En la casa del dios Baco uno puede conocer la lacerante sensación de ser rechazado por una mujer, charlar con un amigo que ya no existe en el plano terrenal, escuchar el silencio de un hombre abatido, hablar con la verdad aun al tratar de mentir, ver el alma del otro, no sólo su cuerpo...

Bajo el cálido abrazo de una hermosa tasca uno es capaz de viajar alrededor del mundo: para deambular por las calles madrileñas, sólo debes ordenar una caña bien fría; degustar un mojito para bailar en Cuba; un ponzoñoso vaso de absenta te enviará al Moulin Rogue. Todo rincón del globo posee su elixir, sólo debes buscarlo.

Jack Kerouac, Henri de Toulouse-Lautrec, Niccolò Paganini, Samuel Beckett, Vincent van Gogh, Ludwing van Beethoven, William Blake, Robert Johnson, Ernest Hemingway, etcétera, crearon parte de su obra sentados en el rincón de algún viejo mesón.

El ambiente de un bar, su gente, sus enseñanzas, su modus operandi y demás características se encargan de aniquilar las ideas conservadoras de una población carente de espíritu aventurero, aterrorizada, incapaz de enfrentar el tedio de la vida diaria. Una llama de lúdica esperanza recorre los territorios salvajes por donde se mueven los destilados hasta encontrarse, fusionarse, retroalimentarse con los seres que ahí conviven. Así, al beber un coctel, el hombre no ingiere únicamente el sudor de Dios, también el desenfado y hedonismo de quienes sienten enclaustrados en la prisión de lo "correcto", pero que toman bocanadas de aire de la ventana de la rebeldía.

Por esto y más, exhorto a la gente a abrir su mente hacia terrenos nunca antes imaginados. Visita algún bar del centro de la ciudad, bebe tu néctar favorito, déjate llevar por las suaves manos de las ninfas del placer. Quizá te hagas de un amigo incondicional, de una historia digna de contarse, incluso de escribirse. En el mejor de los casos, puedes hallar a un ser que eleve tu alma a alturas insospechadas, un ser que te proponga dejar a un lado el placer etílico para entregarte al placer carnal. Entonces tienes permitido retirarte del templo donde te encuentras para ir al único lugar que supera, por mucho, al bar: el hotel de paso. Saludo por eso.

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