28 nov. 2008

ºEl

Por: aeromusa


Para empezar decidí ser escritor.
Y todos protestaron, excepto Ella.

A* (como solía llamarla), me miraba con sus ojos redondos y húmedos cada vez que le leía un cuento o un poema, sentados al final de la escalera que conducía a nuestra pieza. Y después me daba un beso, como aprobando lo escuchado, o condenando lo que no era de su agrado.

A veces con la tarde me volvía invisible, como siempre lo hago cuando escribo; y A*, con su compresión de siempre me dejaba perderme entre los papeles amarillos y las plumas "manchadoras". Le gustaba perderme para buscarme y encontrarme en la oscuridad, cuando nuestra pieza apenas se iluminaba con el haz de luz de los autos pasando. Entonces me buscaba, bajo la mesa, bajo la cama, dentro de la tina, o la estufa. Me hablaba susurrando

-O* (como solía llamarme), las palabras ya se salieron por la ventana.




Entonces yo entendía que era tiempo de ser visible, y de acariciarla sobre la cama y bajo la luna, y borrarle las palabras que se le pegaban en la espalda y las piernas. Esas noches de insomnio, solo veía sus ojos grandes y húmedos, y me besaba como cuando le leía poemas y cuentos. Y toda la noche inventábamos palabras que nadie escuchó ni escuchará jamás.




Así decidí ser escritor, y todos protestaron, excepto Ella, la mujer que reinventaba cada noche entre el ocaso y la aurora.

1 comentarios:

Rodrigo dijo...

Me gustan el final, eso de las palabras que nadie ha escuchado ni escuchara. El hecho de escribir es algo que da placer y es necesario tener a alguien con quien compartir, pero las mujeres tambiennecesitan se les de atencion no solamente de manera sensual, si no afectiva, escuchandolas. Pero la verdad me encanto el final y me gusto imaginarme un halo deletras saliendo por la ventana