16 ene. 2009

Tour del dolor ajeno. Jaime Garba

Para qué crear poesía, insuficiente sería creer que con estas palabras bastarían para sellar todo, pero no cabe otra prueba, no para mí, no porque la cobardía cobró un tinte de enfermedad mortal, de dominio sobre lo que tu llamas cuerpo.
No me diste ni siquiera la oportunidad de un trillado día de lluvia, ni la posibilidad de confundirte con alguien más, fuiste tan certera, asesina serial de mis cientos de vidas. Sí, no debería reprocharte eso, tu me diste esas vidas, es cierto, tu creaste el día, la noche y la casualidad de las palabras, reinventaste el sexo, tan claro, imperfectamente perfecto, tan sensual e inaudito, pero no puedes pretender que un hombre, tan simple como yo intente reincidir a una vida sin lo más importante. Sería como una noche sin fondo negro, sería ilógico, como si el aire dejara su propósito, dime, dime quién viviría, y si alguien lo hiciera, que sentido tendría.
El cielo ahora ni siquiera sería un destino aceptable, y el infierno ese del que tanto hablan parece tan parecido a esto que solo llamo vida por protocolo.
Diría que me marcho, pero ya no estoy aquí, estoy tan distante que no me puedo ver ni a mí mismo, aunque la fluorescencia de mis pensamientos irradien verdades a medias, ni aunque en este momento las pulsaciones de mi cuerpo se estén desvaneciendo deprisa, incongruentes al paso de los segundos, de los flashazos de características misteriosas.
Abro mis brazos a la nada porque es lo único que me queda, porque en la yema de mis dedos existe el único respiro honesto de mi existencia, porque cuando éste, mi último segundo de gloria termine seré un recuerdo en las almas que estarán ya muertas, y tu sentada tranquila esperando la próxima cita, del tour del dolor ajeno.

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