21 ene. 2009

Aquí nos tocó leer. Ernesto Rezéndis

Carlos Fuentes publica La región más transparente en 1958, una década antes del emblemático movimiento de 68, ya desde entonces su obra se coloca como un clásico de la literatura latinoamericana y una de las mejores de la narrativa mexicana, ella es digna heredera de una tradición de prestigio: la novela urbana y la ciudad de México como tópico. La capital ha sido por derecho propio un espacio y un personaje privilegiados por la literatura. Desde Bernal Díaz del Castillo hasta los últimos cronistas contemporáneos, la gran urbe ha ejercido su poder de seducción y encanto, todos sus rincones invitan a ser narrados. Naturalmente, el DF ha conseguido en el espacio literario su título de “ciudad letrada” como propone con lucidez Ángel Rama. Esta definición es afortunada para hablar de un fenómeno que en los últimos años se ha hecho patente en la novelística, aunque cabe decir que siempre ha estado presente. Narrar las ciudades no es algo nuevo, pero sí la forma cómo se cuentan.
El escritor decide apropiarse de las características más sugerentes de las metrópolis para construir una forma inherente a la obra literaria. Quien desea adentrarse por los secretos de los callejones debe leer la ciudad como un libro abierto, así el espacio urbano se presenta con múltiples posibilidades para la experimentación de una arquitectura textual. Este hecho puede responder al contexto histórico-social en el que nos encontramos. El proceso de urbanización, la exacerbación del poder de las capitales y la migración y abandono del campo y los pueblos evidencian que el tópico de “alabanza de corte y menosprecio de aldea” está más vigente que nunca. ¿Acaso asistimos a una desaparición del espacio rural como una coordenada narrativa? ¿La provincia está condenada a ser un pueblo fantasma olvidado por las letras? Es difícil vislumbrar esto; sin embargo, es evidente que, mientras no se impulsen políticas estatales dedicadas a las periferias, las manchas urbanas seguirán expandiéndose de manera desordenada, quizá este mismo caos resulta lo más atractivo para la exploración literaria.
La región más transparente es una muestra viva y arriesgada de esa búsqueda narrativa totalizadora de la cultura mexicana. En cada línea se acusa una intención de llevar la expresión al borde del abismo con la inclusión de otros discursos como: el mito, la música, la plástica, la historiografía, el ensayo y el cine, y con la recreación de la oralidad, el chisme y la intriga, afán de enfrentar al lector con cada vuelta de página, a la vuelta de cada esquina. Todos los chilangos –de todos los colores, olores y sabores- de todas las clases sociales desfilan por este escenario que en sí mismo es un personaje. En esta masa de exiliados y viajeros sobresalen tres individuos como tres centros: Rodrigo Pola, Federico Robles e Ixca Cienfuegos, todos atravesados por Norma Larragoiti, que es amada, esposa y pareja sexual, respectivamente. Los personajes en la ciudad de los palacios son fragmentos que cuestionan la identidad del mexicano, máscaras que son cáscaras, espejos sin fondo donde nos reflejamos y descubrimos.
Entre 1946 y 1952, con el alemanismo en el gobierno, una palabra formó y habría podido transformar al país: la ambición, pero con ella también estaba presente su antónimo: el sacrificio. La ambición por alcanzar una sociedad más justa se pervirtió en la ambición de unos cuantos por el dinero, con el impuesto sacrificio de la mayoría explotada. Después de la revolución y con cierta estabilidad social, la nación se lanzó a otro simulacro, como tantos, de la modernidad. En el fondo, esto fue mera corrupción y complicidad institucionalizadas: “Mexiquito siempre será Mexiquito”. Los caudillos que quedaban y los cachorros de la revolución se asumieron mesías de la historia, se constituyeron en la nueva “casta divina” que, al amparo del poder, amasaron sus fortunas; mientras que las clases medias, envilecidas por la superficialidad, aspiraban a ser cosmopolitas. En el aire se respiraba la intención de asediar al destino, formarse uno, recuperarlo o morir en el intento.
Tres hombres escribieron su biografía con la ciudad. Rodrigo Pola es el personaje del difícil parto, del orgullo herido, el marginado que sacrifica la literatura y el amor por el éxito de un Jaguar. Pola construye su venganza a través de su cinematográfico “Acapulco en la azotea”, pero por ello se traiciona a sí mismo, “él anclado en el centro”, siempre “entre dos mundos que lo rechazaban”. Por su parte, Federico Robles es el nuevo rico, el arribista, el indio que llegó a banquero, la mona que se vistió de seda, centro con el poder que termina desbancado, pero gana cuando fracasa, porque recupera su origen que estaba en la periferia. Ixca Cienfuegos es quizá el personaje más complejo, un centro en movimiento, el lector de la urbe y de sus sobrevivientes, omnipresente como la Guadalupana, es el guardián de las palabras y el chantajista, en sí mismo, él es la ciudad derramada en su voz.
Una lectura en la celebración de los cincuenta años de la publicación de La región más transparente –descuida, lector, no te abrumaré con una relación sucinta más del eternizado homenaje a Fuentes. Con tantos medios, periódicos y fuentes hablando de Fuentes, ya todos están hartos de la figura de don Carlos, que a diferencia de García Márquez, a él, los ratones no le comieron la lengua– descubre que esta novela ha envejecido un poco, aunque no tanto como su autor.
Las páginas que no han resistido el paso del tiempo son las que tienen como escenario al campo, la provincia y la revolución. Allí, donde Rulfo escribe literatura, Fuentes apenas ensaya. Esto se debe a que él es un individuo urbano, cuya escritura no parte de la experiencia vital del México profundo, sino del conocimiento libresco, que, vista en retrospectiva, resulta anacrónica. Sin embargo, la forma urbana de la novela continúa vigente, a pesar de que su creador dejó de ser aquel joven treintañero que escribió una obra moderna para convertirse en un intelectual muy bien relacionado con el poder político, ése que tanto criticó. Fuentes, al igual que Octavio Paz o Carlos Monsiváis, pertenece al establishment cultural de este país, que monopoliza todo en el centro. Su obra se alejó hace tiempo de sus lectores para institucionalizarse en la petrificación temprana. Piedras que sirven para un mausoleo, pero no para fundar una ciudad.
Carlos Fuentes escribió un laberinto literario de jacales, empresas, torterías, monumentos, anuncios de cerveza, torres de cristal, prostíbulos y baches. Su novela evidencia que la historia del país, la historia de la marginación, es un bache, un hoyanco del que resulta imposible escapar. De aquella ciudad de México, la de los corazones que encienden el último cigarrillo, ya no queda casi nada, aunque las palabras permanecen. La revolución murió, declara Fuentes. Una década después el movimiento de 68 iniciaría un proceso para matar (no del todo) al dinosaurio autoritario. Esa urbe también se nos murió, se nos deshizo en los pies y en el aire quedó su polvo. En aquella hermosa ciudad vivieron y sobrevivieron todos, incluso los esnobs, ahora aquí respiramos esmog. Soy hijo adoptivo de esta ciudad monstruosa que me enamora todos los días y me hace llorar. “Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire”.

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