9 dic. 2008

Cronica de un viaje anunciado. Jaime Garba



El destino se estipuló desde principios de noviembre, abordaba el internet casi a diario para observar las fechas, estas, con los días seguían siendo las mismas, yo no las anotaba en ningún papel parar tener como excusa algo y volver a ingresar al día siguiente. Siempre daba click en la lista de autores y leía: Santiago Roncagliolo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Jorge Volpi. Para mi sorpresa todos aparecían en dos cuadros, en dos eventos, tan fáciles de ver que mis ojos no tenían que echar varios vistazos para ubicarlos. La fecha llegó, como todo plazo por cumplir, y para ese entonces yo ya había establecido con mi fiel amigo Martín Duarte los detalles de nuestro viaje a Guadalajara a la Feria Internacional del Libro 2008, era cierto, el invitado de honor que en esa ocasión era Italia, era tentador, pero también era cierto que no conocía nada de literatura Italiana, a final de cuentas la sección de Italia no fue en vano y se llevó si no dinero por libros que adquirí, halagos por su estética.
Pasamos como prensa, cosa que no creímos fuese tan fácilmente, como un par de citadinos (casi pueblerinos) viajamos a aquella ciudad a ese evento por primera vez, y por ende desconocíamos los protocolos necesarios para ingresar, o en su defecto los requisitos de ingreso. Mi productor había hablado un par de días antes para registrarme, sin embargo aun así hasta que mi gafete de prensa y el de Martín estuvieron en nuestros pechos nos sentimos con calma.
Al ingresar nuestras bocas no se abrieron en son de sorpresa porque los cuentos lo trillaron demasiado, pero nuestra admiración ante aquel lugar fue incomparable, por lo menos para mi, en mis ideas había tres cosas, libros, libros y más libros. Me sentí como un hambreado en un buffete de carnes rojas, como un adolescente puberto en una sex shop, como un cholo vaquero en un baile de Montez de Durango. Nuestras miradas querían abarcar todo pero no lo conseguían, dimos un par de vueltas al lugar, donde yo por lo menos no pude admirar con precisión aquellos textos, cosa que a Martín no se le dificultó, pues el observaba con detenimiento los libros, leía las contraportadas y las anotaba en la libreta que nos obsequiaron realizando un análisis de decisión para escoger los libros. El primer stan al que fuimos y donde nos quedamos unos quince minutos, fue el de la biblioteca sonora de Bellas Artes, donde pudimos escuchar de viva voz (no tan reciente) a Vicente Leñero –el escritor debe dedicarse a escribir y no a hablar de sus obras- y de no tan viva, pero si de voz a Ibargüengoitia –Yo escribí teatro porque fue lo que aprendí a escribir-.
La incertidumbre no se calmaría hasta que fuéramos al evento por el que estábamos ahí, y así fue, solo compramos un vaso de agua y nos posamos en el suelo en una no tan larga fila para ver a los “amigos de Carlos Fuentes”. Valía la pena, definitivamente, pero para sorpresa nuestra, la espera no fue demasiada, solo una hora estuvimos pacientes y luego el acceso se dio al salón “Juan Rulfo”. La expectativa era grande, la emoción más, ahí estábamos, en la cuarta fila, con una vista privilegiada, ante una manta enorme que contenía la foto de Carlos fuentes, ante un salón que se llenaba como una alberca, poco a poco, pero que al final en su fusión de gente, dejó ver un lugar repleto por individuos ansiosos por ver a los grandes. El tiempo llegó a la manecilla indicada y así fue que salió Carlos Fuentes, con un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra, elegante como en la televisión, pero sonriente y contento de ver a su publico, a nosotros, lo acompañaba al mismo tiempo otros escritores que la verdad no recuerdo, solo a alguien que sería pecado no recordar, José Emilio Pacheco, y así iniciaron su diálogo acerca de la edición conmemorativa de su libro “La región más transparente”, escuchar a Fuentes leer su texto fue algo que definitivamente no tiene valor, algo único e increíble, y lo escuchamos, Martín y yo, y cientos de personas más, lo escuchamos. Entre la emoción al disiparse el publico pudimos ver a alguien –No mames- dijimos vulgarmente, pero fue justificada aquella palabra, pues el mismo Gabriel García Márquez caminaba a tomar su asiento para escuchar a su amigo Fuentes.
Poco tiempo después, instantes antes de que comenzara la charla “Los amigos de Carlos Fuentes” a lo lejos divisé a mi individuo, al escritor por el que estaba ahí, vestía una camisa negra y sus mejillas acolchonadas eran inconfundibles, Santiago Roncagliolo Saludaba a amigos escritores y sonreía con esa sonrisa tan característica. Mi emoción fue enorme, gigante, no pude hacer otra cosa más que gritar su nombre y esperar, él volteó y me miró preguntándose quizá quién diablos era yo, pero mi cara seguramente le alentó a descifrar que era solo un admirador más.
La charla fue estupenda, escuchar a Monsiváis, a Fuentes, a Steven Boldy fue increíble, no digo a Márquez porque el no habló, pero creo que no fue necesario, porque el admirar al nobel de literatura de por sí doblar sus cejas y ver sus caras graciosas fue más que suficiente. El diálogo excelso fue incomparable, escuchar como esos grandes escritores, quizá los más grandes de la historia de Latinoamérica, hablaban de cómo se conocieron, de sus anécdotas, de cómo viajaban de Europa a América con una facilidad difícil de asimilar, de cómo dialogaban con Neruda como yo lo hacía con mi amigo Martín, todo eso, hizo que existiera magia en el lugar, una magia casi literal fácil de comprender y difícil de describir.
Al finalizar el publico se abalanzó sobre Márquez, Roncagliolo que estaba a tres filas de mi se levantó y se quedó unos segundos de pie, observé que las filas del lugar se disiparon y aproveche para acercarme. Siempre pensé que palabras exactas decirle si lo encontrara. Lo vi de espaldas, dije su nombre y giró, estúpidamente, pero acertadamente pregunte si podía saludarlo, Santiago sonrió y estrechó mi mano. Martín y yo nos tomamos un par de fotos con él, volvimos a aludir su buena literatura y se fue.
No menos emocionante fue tomarnos una fotografía con Xavier Velazco, un Velazco que desesperado decía a una reportera que olvidara el 2 de Octubre, ante la desesperación de que todos se iban al “after” y él estaba retrasado, aceptó la foto a regañadientes, pero no pudimos culparlo, en circunstancias similares hubiésemos actuado igual seguramente. Y se fue diciéndole a la misma reportera –No hay crisis, en las letras no hay crisis, en lo demás sí, en las letras no-.
Suspiramos varias veces, exaltamos nuestra alegría sin importar nada, no éramos los únicos seguramente, unos cuantos se llevaron en sus manos la firma de Márquez, solo unos cuantos.
Después de aquello me liberé de toda ansiedad, vagué con gloria por la feria del libro admirando los libros que dejé de lado en un principio, aun así fue difícil ver todos, había tantos que deseaba y tan poco presupuesto, sin embargo me fui satisfecho con textos como “intermitencias de la muerte” de Saramago, “los albañiles” de Leñero, “la virgen de los sicarios” que anteriormente ovacionó Martín y hasta el momento no recuerdo el nombre del autor y “cuentos porno para apornar la semana” de algún “fondo de cultura tierra adentro” que algún día de aquellos me dejó un mal sabor de boca .
La noche llegó con una lógica que pareció absurda, y solo fueron nuestros cuerpos los que dieron por finalizada nuestras energías, nos marchamos por las calles oscuras de Guadalajara rumbo a un restaurant barato para celebrar nuestro triunfo, y entre la “incertidumbre” de Martín, que yo mismo denomine así, que me llevaba de un lado a otro, la alegría no se disipaba, ni esa noche, ni hoy, ni nunca.

*fotografia: martín duarte, xavier velazco (premio alfaguara 200) y jaime garrba

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