Tiro los papeles ocultos en la gaveta
los versos juveniles que se escribieron para Lucia, para Amelia, para Abril
para las invisibles, para las inexistentes.
Quemo los recuerdos en un vaso de plástico,
las fotografías de quince años que parecen de boda,
destruyo mis camisas aseñoradas y las corto hasta degollarlas,
hasta que no haya mangas que vestir, ni botones que queden de pie.
No corro porque no voy a ningún lado,
a la mierda las plumas que nunca fueron Parker,
a la mierda las mañanas que ya pasaron
y que no dejaron más que notalgías,
a la mierda las personas que no hieron nada, que no harán nada.
A la mierda la mierda que es lo más absurdo.
el disfrute del dolor se convierte en una excusa
para tatuarse en la piel las mil y un razones para un sentido.
Y de pronto todo va a volverse a repetir,
a comenzar desde cero, y los errores resurgirán
como yo resurgiré nuevamente, incomprendido.
Y las fotografías volverán, y las cartas tendrán tinta fresca
los nombres de Lucía, Amelia, Abril y otras más sonarán tan de nuevo
como aquellos años de secundaria
como aquella inocencia fingida.
como yo cuando mire al cielo, y ahí estaba.
16 dic 2008
11 dic 2008
Alter Egos (Fragmento). Luis Vaca
Y estas de pie en la barra de un bar pidiendo un whisky,
“haciendo tiempo”, cuando es el tiempo quien te hace
te deshace, te reinventa o te pasa simple y tristemente
de largo….
En estas palabras no hay trascendencia, hay más bien inmundicia,
es el fracaso de ahogar el llanto en el agua de los ríos
para regalar sentimientos a los peces.
Es estar aquí y allá y a la vez en ninguna parte,
como en un paseo por una dimensión totalmente ajena
ya sea caminando de norte a sur por Avenue des Champs-Élysées
o por un nauseabundo obscuro callejón .
Y estoy sentado a la sombra de un níspero del Japón
que dibuja una vela encendida en mitad de mi habitación vacía
pero a la vez llena de ausencia desbordada, que corre como el agua
cuando olvido cerrar la llave de la bañera por el miedo al silencio
solitario que empantana mas que el fango que se forma en los estanques.
¿Y Entonces?…. Entonces tú
Y por que te pienso, si ya no te pensaba.
Y por que te deseo, si ya no te deseaba.
Y entonces grito que ya no lo soporto
que ya no voy a pensar más en ti
pero irremediablemente, vuelvo a ello.
Todas estas solo son palabras con alas...
que vuelan y se rompen…
contra los cristales sólidos de las ventanas
cuando buscan llevar a tus oídos el mensaje
que existe pero no esta de acuerdo con su existencia.
Esas malditas recurrentes palabras
que se suicidan por la contradicción de su naturaleza.
“haciendo tiempo”, cuando es el tiempo quien te hace
te deshace, te reinventa o te pasa simple y tristemente
de largo….
En estas palabras no hay trascendencia, hay más bien inmundicia,
es el fracaso de ahogar el llanto en el agua de los ríos
para regalar sentimientos a los peces.
Es estar aquí y allá y a la vez en ninguna parte,
como en un paseo por una dimensión totalmente ajena
ya sea caminando de norte a sur por Avenue des Champs-Élysées
o por un nauseabundo obscuro callejón .
Y estoy sentado a la sombra de un níspero del Japón
que dibuja una vela encendida en mitad de mi habitación vacía
pero a la vez llena de ausencia desbordada, que corre como el agua
cuando olvido cerrar la llave de la bañera por el miedo al silencio
solitario que empantana mas que el fango que se forma en los estanques.
¿Y Entonces?…. Entonces tú
Y por que te pienso, si ya no te pensaba.
Y por que te deseo, si ya no te deseaba.
Y entonces grito que ya no lo soporto
que ya no voy a pensar más en ti
pero irremediablemente, vuelvo a ello.
Todas estas solo son palabras con alas...
que vuelan y se rompen…
contra los cristales sólidos de las ventanas
cuando buscan llevar a tus oídos el mensaje
que existe pero no esta de acuerdo con su existencia.
Esas malditas recurrentes palabras
que se suicidan por la contradicción de su naturaleza.
9 dic 2008
Cronica de un viaje anunciado. Jaime Garba
El destino se estipuló desde principios de noviembre, abordaba el internet casi a diario para observar las fechas, estas, con los días seguían siendo las mismas, yo no las anotaba en ningún papel parar tener como excusa algo y volver a ingresar al día siguiente. Siempre daba click en la lista de autores y leía: Santiago Roncagliolo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Jorge Volpi. Para mi sorpresa todos aparecían en dos cuadros, en dos eventos, tan fáciles de ver que mis ojos no tenían que echar varios vistazos para ubicarlos. La fecha llegó, como todo plazo por cumplir, y para ese entonces yo ya había establecido con mi fiel amigo Martín Duarte los detalles de nuestro viaje a Guadalajara a la Feria Internacional del Libro 2008, era cierto, el invitado de honor que en esa ocasión era Italia, era tentador, pero también era cierto que no conocía nada de literatura Italiana, a final de cuentas la sección de Italia no fue en vano y se llevó si no dinero por libros que adquirí, halagos por su estética.
Pasamos como prensa, cosa que no creímos fuese tan fácilmente, como un par de citadinos (casi pueblerinos) viajamos a aquella ciudad a ese evento por primera vez, y por ende desconocíamos los protocolos necesarios para ingresar, o en su defecto los requisitos de ingreso. Mi productor había hablado un par de días antes para registrarme, sin embargo aun así hasta que mi gafete de prensa y el de Martín estuvieron en nuestros pechos nos sentimos con calma.
Al ingresar nuestras bocas no se abrieron en son de sorpresa porque los cuentos lo trillaron demasiado, pero nuestra admiración ante aquel lugar fue incomparable, por lo menos para mi, en mis ideas había tres cosas, libros, libros y más libros. Me sentí como un hambreado en un buffete de carnes rojas, como un adolescente puberto en una sex shop, como un cholo vaquero en un baile de Montez de Durango. Nuestras miradas querían abarcar todo pero no lo conseguían, dimos un par de vueltas al lugar, donde yo por lo menos no pude admirar con precisión aquellos textos, cosa que a Martín no se le dificultó, pues el observaba con detenimiento los libros, leía las contraportadas y las anotaba en la libreta que nos obsequiaron realizando un análisis de decisión para escoger los libros. El primer stan al que fuimos y donde nos quedamos unos quince minutos, fue el de la biblioteca sonora de Bellas Artes, donde pudimos escuchar de viva voz (no tan reciente) a Vicente Leñero –el escritor debe dedicarse a escribir y no a hablar de sus obras- y de no tan viva, pero si de voz a Ibargüengoitia –Yo escribí teatro porque fue lo que aprendí a escribir-.
La incertidumbre no se calmaría hasta que fuéramos al evento por el que estábamos ahí, y así fue, solo compramos un vaso de agua y nos posamos en el suelo en una no tan larga fila para ver a los “amigos de Carlos Fuentes”. Valía la pena, definitivamente, pero para sorpresa nuestra, la espera no fue demasiada, solo una hora estuvimos pacientes y luego el acceso se dio al salón “Juan Rulfo”. La expectativa era grande, la emoción más, ahí estábamos, en la cuarta fila, con una vista privilegiada, ante una manta enorme que contenía la foto de Carlos fuentes, ante un salón que se llenaba como una alberca, poco a poco, pero que al final en su fusión de gente, dejó ver un lugar repleto por individuos ansiosos por ver a los grandes. El tiempo llegó a la manecilla indicada y así fue que salió Carlos Fuentes, con un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra, elegante como en la televisión, pero sonriente y contento de ver a su publico, a nosotros, lo acompañaba al mismo tiempo otros escritores que la verdad no recuerdo, solo a alguien que sería pecado no recordar, José Emilio Pacheco, y así iniciaron su diálogo acerca de la edición conmemorativa de su libro “La región más transparente”, escuchar a Fuentes leer su texto fue algo que definitivamente no tiene valor, algo único e increíble, y lo escuchamos, Martín y yo, y cientos de personas más, lo escuchamos. Entre la emoción al disiparse el publico pudimos ver a alguien –No mames- dijimos vulgarmente, pero fue justificada aquella palabra, pues el mismo Gabriel García Márquez caminaba a tomar su asiento para escuchar a su amigo Fuentes.
Poco tiempo después, instantes antes de que comenzara la charla “Los amigos de Carlos Fuentes” a lo lejos divisé a mi individuo, al escritor por el que estaba ahí, vestía una camisa negra y sus mejillas acolchonadas eran inconfundibles, Santiago Roncagliolo Saludaba a amigos escritores y sonreía con esa sonrisa tan característica. Mi emoción fue enorme, gigante, no pude hacer otra cosa más que gritar su nombre y esperar, él volteó y me miró preguntándose quizá quién diablos era yo, pero mi cara seguramente le alentó a descifrar que era solo un admirador más.
La charla fue estupenda, escuchar a Monsiváis, a Fuentes, a Steven Boldy fue increíble, no digo a Márquez porque el no habló, pero creo que no fue necesario, porque el admirar al nobel de literatura de por sí doblar sus cejas y ver sus caras graciosas fue más que suficiente. El diálogo excelso fue incomparable, escuchar como esos grandes escritores, quizá los más grandes de la historia de Latinoamérica, hablaban de cómo se conocieron, de sus anécdotas, de cómo viajaban de Europa a América con una facilidad difícil de asimilar, de cómo dialogaban con Neruda como yo lo hacía con mi amigo Martín, todo eso, hizo que existiera magia en el lugar, una magia casi literal fácil de comprender y difícil de describir.
Al finalizar el publico se abalanzó sobre Márquez, Roncagliolo que estaba a tres filas de mi se levantó y se quedó unos segundos de pie, observé que las filas del lugar se disiparon y aproveche para acercarme. Siempre pensé que palabras exactas decirle si lo encontrara. Lo vi de espaldas, dije su nombre y giró, estúpidamente, pero acertadamente pregunte si podía saludarlo, Santiago sonrió y estrechó mi mano. Martín y yo nos tomamos un par de fotos con él, volvimos a aludir su buena literatura y se fue.
No menos emocionante fue tomarnos una fotografía con Xavier Velazco, un Velazco que desesperado decía a una reportera que olvidara el 2 de Octubre, ante la desesperación de que todos se iban al “after” y él estaba retrasado, aceptó la foto a regañadientes, pero no pudimos culparlo, en circunstancias similares hubiésemos actuado igual seguramente. Y se fue diciéndole a la misma reportera –No hay crisis, en las letras no hay crisis, en lo demás sí, en las letras no-.
Suspiramos varias veces, exaltamos nuestra alegría sin importar nada, no éramos los únicos seguramente, unos cuantos se llevaron en sus manos la firma de Márquez, solo unos cuantos.
Después de aquello me liberé de toda ansiedad, vagué con gloria por la feria del libro admirando los libros que dejé de lado en un principio, aun así fue difícil ver todos, había tantos que deseaba y tan poco presupuesto, sin embargo me fui satisfecho con textos como “intermitencias de la muerte” de Saramago, “los albañiles” de Leñero, “la virgen de los sicarios” que anteriormente ovacionó Martín y hasta el momento no recuerdo el nombre del autor y “cuentos porno para apornar la semana” de algún “fondo de cultura tierra adentro” que algún día de aquellos me dejó un mal sabor de boca .
La noche llegó con una lógica que pareció absurda, y solo fueron nuestros cuerpos los que dieron por finalizada nuestras energías, nos marchamos por las calles oscuras de Guadalajara rumbo a un restaurant barato para celebrar nuestro triunfo, y entre la “incertidumbre” de Martín, que yo mismo denomine así, que me llevaba de un lado a otro, la alegría no se disipaba, ni esa noche, ni hoy, ni nunca.
*fotografia: martín duarte, xavier velazco (premio alfaguara 200) y jaime garrba
4 dic 2008
Salvajismo en el hogar. Isabela Ceja
Bajaste la escalera y yo no vi mejor momento para acorralarte y pegarme a tu pantalón, tu madre guisaba a menos de cuatro metros, tu hermano rasgaba su guitarra en la habitación continua y yo solo me abalance una y otra ves.
Tu mirada me sujetaba el cuerpo, los olores de aquella tarde nos "echaban aguas" y tus dedos se sumergieron en mi boca, susurraste un par de veces que callará, que tu madre nos escucharía, pero mi mirada ya te había desnudado, mi lengua te acribillaba el cuello y de nuevo me rogabas que callará,
-por favor mi madre oirá tus gemidos.
Pero tu sexo solo rió de tu prudencia y sufrió una erección violenta; comenzaste a penetrarme y amenazaste a mis gemidos, decapitaste a mi sudor y sentenciaste a mis orgasmos.
Mis uñas derraparon por tu espalda, mi saliva se derramo en la pared y un beso extremadamente salvaje carcomió tu necesidad de amarme.
La voz de tu madre retumbo en tus oídos, mi aroma se quedo en todos tus sentidos y un "no te vayas" fue lo único que tu aliento te permitió decir.
Tu mirada me sujetaba el cuerpo, los olores de aquella tarde nos "echaban aguas" y tus dedos se sumergieron en mi boca, susurraste un par de veces que callará, que tu madre nos escucharía, pero mi mirada ya te había desnudado, mi lengua te acribillaba el cuello y de nuevo me rogabas que callará,
-por favor mi madre oirá tus gemidos.
Pero tu sexo solo rió de tu prudencia y sufrió una erección violenta; comenzaste a penetrarme y amenazaste a mis gemidos, decapitaste a mi sudor y sentenciaste a mis orgasmos.
Mis uñas derraparon por tu espalda, mi saliva se derramo en la pared y un beso extremadamente salvaje carcomió tu necesidad de amarme.
La voz de tu madre retumbo en tus oídos, mi aroma se quedo en todos tus sentidos y un "no te vayas" fue lo único que tu aliento te permitió decir.
1 dic 2008
La caja del perro. Rodrigo Contreras
Estaba sentado en esa caja de madera, cuando lo vi por primera vez; su mirada, una mezcla de nerviosismo y profundo temor, llamaron fuertemente mi atención; nunca en mi vida había visto semejante paciente, solo era cuestión de verlo, con su figura que se tornaba grotesca, agresiva, sin la más mínima intención de cambiar de posición.
-Sé lo que estas pensando; pero mejor déjalo tranquilo, no te gustará verlo alterado- Me dijo el médico jefe de servicio, adivinando mi interés sobre el caso; pero la imagen de ese hombre, se quedó grabada en mi mente, por lo que en cuanto tuve oportunidad me dirigí a ver el expediente clínico para echarle un ojo, y cuando lo vi en mis manos me sentí como un niño ansioso al ver una envoltura de caramelo. Pude ver el diagnóstico en la hoja frontal: “Esquizofrenia”, y obviamente comencé a leerlo, dándome cuenta que el paciente padecía de una extraña alucinación, bastante peculiar por cierto, consecuencia del fuerte remordimiento por el daño que le ocasionó a su mascota; dándole muerte a palos, tras lo cual comenzó a imaginarse perseguido por el fantasma del animal, que le dio indicaciones precisas de depositar sus restos dentro de esa caja de madera utilizada ahora por él como banquillo.
Un día finalmente me decidí a entrar en la habitación de tan singular personaje, y cuando abrí la puerta lentamente, lo encontré en la posición de siempre, sentado en la caja.
-Mira ven ayúdame, que se quiere salir, se quiere salir este endiablado animal, para vengarse y de paso también ajustar cuentas con todos ustedes malvados, que han hecho daño a otras personas; Se esta saliendo de esta caja y nos va acabar a todos, mas te vale que vengas a ayudarme- Me dijo con desesperación, convencido de la veracidad de cada una de sus desquiciadas palabras. Quise decirle que esa caja de madera estaba vacía, pero por su estado seria una gran necedad, así que le seguí la corriente, me acerqué y me puse de frente a él, para después imitarle por completo.
- Acércate, escucha como esta arañando la caja, buscando como salir de ella y vengarse, esta deseoso de matarme a pesar de que yo le maté primero; sus huesos descarnados en cuanto tengan oportunidad van a salir y sus colmillos querrán desgarrar mi blanda garganta para después hartarse de mi carne, pero no será suficiente, seguirá con la tuya y buscará más; está sediento de sangre, si pudiera nos mataría mil veces y eso no aplacaría su ira.
Seguí sus indicaciones, y contra toda medida de seguridad me incliné sobre la caja, más nada logré escuchar, pero el paciente se sentía satisfecho, mostrando una gran sonrisa y contra lo esperado, se bajo de la caja.
- Bien, creo que puedes relevarme por un momento- Me dijo; mientras se tumbaba perezosamente en el suelo, importándole poco mi evidente turbación ante tal actitud.
-¡Oye!- exclame – Yo no puedo estar sentado aquí por mucho tiempo- le dije en tono de reclamo, a la vez que me bajaba de mi incomodo asiento.
- ¿Qué estas haciendo?, ¿Estas loco acaso?- me preguntó furioso, a la vez que se lanzaba sobre de mí propinándome tremendo puñetazo en la cara, dejándome confundido e incapaz de defenderme de su embestida, con la que me derribó al suelo tras lo cual con sus potentes manazas comenzó a oprimir mi garganta, haciéndome ir de la inicial sorpresa al pánico. Cuando creí que mi último día había llegado sucedió algo inexplicable: de la caja de madera, salió un leve quejido, que hizo a mi atacante soltarme y retroceder preso de un miedo desgarrador; que aumentó cuando la tapa de la caja fue botada al suelo, saliendo finalmente un gruñido amenazador.
- ¡Se esta saliendo de la caja, y va a matarnos a los dos!- grito el pobre hombre, no ocultando para nada su terror.
Yo solo miré la caja, que comenzaba a sacudirse, mientras que el paciente se retorcía, víctima de convulsiones. Fue todo lo que vi, después se apagó la luz.
-Te dije que lo dejaras en paz- escuché una voz al despertar, y ante mis ojos estaba el jefe de servicio, riendo socarronamente. Todos se burlaban de mí, por lo que había hecho; una gran imprudencia que rayaba en la estupidez. Ya había sobrellevado esas burlas, pero al día siguiente cuando pasábamos visita a la hora de costumbre, ahí estaba él, sentado en su caja de madera, pero ahora me mostraba una sonrisa burlona, de la que no pude evitar sentirme aludido.
-Sé lo que estas pensando; pero mejor déjalo tranquilo, no te gustará verlo alterado- Me dijo el médico jefe de servicio, adivinando mi interés sobre el caso; pero la imagen de ese hombre, se quedó grabada en mi mente, por lo que en cuanto tuve oportunidad me dirigí a ver el expediente clínico para echarle un ojo, y cuando lo vi en mis manos me sentí como un niño ansioso al ver una envoltura de caramelo. Pude ver el diagnóstico en la hoja frontal: “Esquizofrenia”, y obviamente comencé a leerlo, dándome cuenta que el paciente padecía de una extraña alucinación, bastante peculiar por cierto, consecuencia del fuerte remordimiento por el daño que le ocasionó a su mascota; dándole muerte a palos, tras lo cual comenzó a imaginarse perseguido por el fantasma del animal, que le dio indicaciones precisas de depositar sus restos dentro de esa caja de madera utilizada ahora por él como banquillo.
Un día finalmente me decidí a entrar en la habitación de tan singular personaje, y cuando abrí la puerta lentamente, lo encontré en la posición de siempre, sentado en la caja.
-Mira ven ayúdame, que se quiere salir, se quiere salir este endiablado animal, para vengarse y de paso también ajustar cuentas con todos ustedes malvados, que han hecho daño a otras personas; Se esta saliendo de esta caja y nos va acabar a todos, mas te vale que vengas a ayudarme- Me dijo con desesperación, convencido de la veracidad de cada una de sus desquiciadas palabras. Quise decirle que esa caja de madera estaba vacía, pero por su estado seria una gran necedad, así que le seguí la corriente, me acerqué y me puse de frente a él, para después imitarle por completo.
- Acércate, escucha como esta arañando la caja, buscando como salir de ella y vengarse, esta deseoso de matarme a pesar de que yo le maté primero; sus huesos descarnados en cuanto tengan oportunidad van a salir y sus colmillos querrán desgarrar mi blanda garganta para después hartarse de mi carne, pero no será suficiente, seguirá con la tuya y buscará más; está sediento de sangre, si pudiera nos mataría mil veces y eso no aplacaría su ira.
Seguí sus indicaciones, y contra toda medida de seguridad me incliné sobre la caja, más nada logré escuchar, pero el paciente se sentía satisfecho, mostrando una gran sonrisa y contra lo esperado, se bajo de la caja.
- Bien, creo que puedes relevarme por un momento- Me dijo; mientras se tumbaba perezosamente en el suelo, importándole poco mi evidente turbación ante tal actitud.
-¡Oye!- exclame – Yo no puedo estar sentado aquí por mucho tiempo- le dije en tono de reclamo, a la vez que me bajaba de mi incomodo asiento.
- ¿Qué estas haciendo?, ¿Estas loco acaso?- me preguntó furioso, a la vez que se lanzaba sobre de mí propinándome tremendo puñetazo en la cara, dejándome confundido e incapaz de defenderme de su embestida, con la que me derribó al suelo tras lo cual con sus potentes manazas comenzó a oprimir mi garganta, haciéndome ir de la inicial sorpresa al pánico. Cuando creí que mi último día había llegado sucedió algo inexplicable: de la caja de madera, salió un leve quejido, que hizo a mi atacante soltarme y retroceder preso de un miedo desgarrador; que aumentó cuando la tapa de la caja fue botada al suelo, saliendo finalmente un gruñido amenazador.
- ¡Se esta saliendo de la caja, y va a matarnos a los dos!- grito el pobre hombre, no ocultando para nada su terror.
Yo solo miré la caja, que comenzaba a sacudirse, mientras que el paciente se retorcía, víctima de convulsiones. Fue todo lo que vi, después se apagó la luz.
-Te dije que lo dejaras en paz- escuché una voz al despertar, y ante mis ojos estaba el jefe de servicio, riendo socarronamente. Todos se burlaban de mí, por lo que había hecho; una gran imprudencia que rayaba en la estupidez. Ya había sobrellevado esas burlas, pero al día siguiente cuando pasábamos visita a la hora de costumbre, ahí estaba él, sentado en su caja de madera, pero ahora me mostraba una sonrisa burlona, de la que no pude evitar sentirme aludido.
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