13 nov. 2009

Esto no es una despedida

Saboreo las profundas heridas que en la carne fresca dejo un amor incipiente, un amor de novatos, de jóvenes con la vida servida en la mesa de honor. Esperando con ansia desmedida, con los cubiertos en la mano, el plato fuerte, el plato principal. Al final, ese plato salimos a ganarlo y compusimos poemas protegidos por la noche, bailando con frenesí y aturdidos por el alcohol en un pueblo minero condenado al olvido. Yo compuse el verso final, era espantoso y carecía de sentido.

Caminamos sonrientes con el sol en la espalda y un pañuelo rojo anudado en la frente, con las cantimploras llenas y los bolsillos vacíos. Todos teníamos nuestra ración de alimento sagrado destinado a nutrirnos el alma y a compartirlo con prostitutas famélicas atrincheradas en la oscuridad de las calles perdidas a las orillas del desierto de Coahuila. Si acaso queda alguien que recuerde un lugar con ese nombre.

Empuñamos contra el cielo espadas de madera, aullando a la luna menguante como guerreros vencidos, descorazonados y sin corazones para el sacrificio. Gritamos entre la gente que desviaba su camino al cruzarse con el nuestro. Gritamos hasta quedar exhaustos, con la boca seca y los labios marchitos.

Buscamos un lugar, cualquiera, para protegernos de la noche y sus fantasmas, un lugar donde humedecer nuestros labios. Buscamos alivio para nuestros vientres y para apagar el fuego que reptaba entre nuestros muslos. Ya no buscamos amor y nos perdimos en la mirada prístina de jóvenes impúberes, nos mordimos los puños y salpicamos las paredes del retrete. Abrimos los ojos en la oscuridad y buscamos a tientas la salida. Aspiramos profundo el aroma ocre de nuestras axilas y susurramos en un suspiro nuestro nombre, el que fue escrito en la roca inmortal del universo.

Leímos las estrellas y no nos gustó lo que encontramos oculto entre sus líneas, era demasiado sencillo para tanto y tan tormentoso camino andado. Los pies se nos llenaron de polvo y al atardecer vimos morir a nuestros hijos y a sus madres y cada rincón de tierra donde dejamos nuestras huellas. Nadie nos despidió. No dejamos cruces a nuestras espaldas para que se pudrieran con la lluvia. Solo quedaron las calaveras amarillentas, enterradas en la arena teñida de rojo por el sol que se ocultaba por ultima vez.

Escribimos letras sagradas en el polvo del suelo para que nadie supiera la verdad. Nadie lo comprendió, solo los niños reían y agitaban sus bracitos cuando sus ojos descansaban sobre las letras. Pocos comprendimos el porqué, pero no hubo quién pudiera transmitir el mensaje.

Uno a uno caímos vencidos por el tiempo y el hambre. La miseria se tragó nuestra sonrisa y nos pudrió los dientes, nos comimos las ultimas flores del jardín y hundimos la cara en el lodo. Sólo nos quedó el recuerdo del sabor de las profundas heridas que en la carne fresca dejo un amor incipiente.

1 comentarios:

aeromusa dijo...

... estar ahí... siempre es mágico...