29 mar. 2009

Ayer le vi. Miquiztli

Caminando por la calle, cerca de las doce de la noche, a solo dos cuadras de casa, me sorprendió y le encontré al girar una esquina obscura, casi tropecé con él.
Le descubrí improvisando su dormitorio con dos cajas de cartón y un montón de periódicos, casi tantos como los que recogía el sujeto del puesto de revistas media cuadra adelante disponiéndose a cerrar el negocio.

Cuando le deje atrás, murmuro frases en su idioma que no entendí, pero pude percatarme, a pesar de la penumbra, de la desgracia en sus ojos y en su rostro la deformación de su ser.

Hoy Volví a coincidir con él, esta vez era muy distinto, sermoneaba a más de mil, se deslizaba en el pulpito en una túnica aun más blanca que su pelo, perfumaba el recinto con incienso y todos se inclinaban al piso cuando se acercaba. Bebió y degusto un tinto que deseé tener en mi boca.

Le seguí la pista todo el día… es casado, no con una magdalena como se creía.
Fue el protagonista de los diarios en primera plana, perpetro la libertad de su esposa a la fuerza y de paso la pobreza. Nada novedoso para quien le escribía la tercera nota en el mes.

Le veo desde entonces, día con día, igual en un mercedes que en bicicleta, gritando desde el presbiterio o robando la limosnas.

Se que existe porque se le ha permitido, porque le reservan un infinito espacio del que sorbe y come. A veces carga a su espalda una bolsa con cartuchos, una AK-47 que sujeta con firmeza a sus dieciséis años y luce valiente con la mirada al horizonte, pero aun es temerario.

Para muchos se ha vuelto cierto, pero mas se aproxima a la perfecta imperfección humana que lo engendro desde del miedo de si mismo. Pero sobre todo... es justo a la necesidad, medible a su imagen y semejanza.

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